Capítulo 2

Iba a todo lo gratis: a los entierros elegantes, a las salidas y entradas de tropa, saludando a la bandera como a una señora; a misa de nueve a la Catedral, donde caía en éxtasis bajo las voces humanas del órgano, a ver la partida y llegada de los trenes, escalofriado ante el monstruo de cabeza negra que echa humo y pasa gritando: «¡quítense!». En las obras veía alelado pasar ladrillos de mano en mano y meter a gritos las enormes vigas; en los jurados ponía cara de reo; acompañaba el viático de los moribundos, cogiendo, cuando alcanzaba, uno de los faroles y metiéndose hasta el lecho del enfermo, aunque fuera su mayor enemigo y tuviera la peste bubónica; en las serenatas andaba rondando, y cliente seguro de las retretas, atisbaba por detrás de los músicos los títulos de las piezas, y permanecía hasta el fin, borracho de sonidos, abriendo tamaña oreja, como el estrombón. Era el vago más activo de Bogotá, un vago cuya ociosidad inquieta nunca le dejó tiempo para ocuparse en nada.

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