Capítulo 3

Hasta entonces Adriana fue Adriana a secas. Una noche, entre risas y copas y cantos, cambió su nombre prosaico y rústico por otro llamativo y sonoro, que siguió siendo su nombre de guerra, con el que conquistó sus mejores triunfos, sus lauros más gloriosos en los campamentos de la vida libre. El habilitado de un cuerpo, un sujeto medio cazador y medio literato, fue quien, sacando a luz todas sus habilidades, habilitó a aquella hija del regimiento con el nombre de Diana. No se sabe si lo hizo por las aficiones de la joven a contemplar la luna, porque así llamen a la plata los alquimistas, por sus carcajadas como redobles, por las Dianas de la historia o por su destreza y vocación para la caza, no se sabe por qué fue, pero es el hecho que. Diana la puso y Diana se quedó para siempre.

Así la inocente Julieta de otro tiempo, después de ser Adriana, Lucía, Leonor, Rosina, y, por último, Betina, fue bautizada Diana por unos militares en medio de un Jordán de aguardiente.

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