¿Adónde miras Bolívar?

«El Libertador, estático, meditabundo, viviendo su vida de bronce, entregado a recuerdos gloriosos, arruga la frente y abre los ojos en lo oscuro».

Más de siglo y medio después permanece la estatua de Bolívar en el lugar donde le depositaron. La mirada reflexiva y su piel de bronce no han mudado a pesar de haber asistido, en inquietante silencio, a un sinfín de apasionados encuentros.

Retrocedamos al 20 de julio de 1846. Ese día el Libertador hizo solemne entrada en la plaza y tomo posesión de la misma. A partir de entonces el lugar tomo su nombre: Plaza de Bolívar.

La estatua fue donada por José Ignacio París, empresario, masón, prócer de la independencia y amigo íntimo de Bolívar, quien encargó su diseño y fundición al escultor Pietro Tenerani en 1844. Fue la primera escultura que se hizo de Simón Bolívar. Mucho ha trascurrido desde entonces.

En 1880 se decidió girar la estatua y cambiarle el pedestal. Hasta entonces el general debía de contentarse con pasar revista a los fieles que iban a misa a la Catedral o a la capilla. Fue un giro de oeste a sur. Ahora tenía de frente al Capitolio Nacional. Quizás con la intención de que no se le agriase el carácter con el cambio, se decidió, un año más tarde, instalar un jardín a su alrededor. Al mismo tiempo, temerosos de que saliese huyendo ante los atropellos que se cometían dentro del congreso, decidieron rodearlo con una reja de hierro.

Plaza de Bolívar

De esta guisa se lo encuentran los lectores de Diana cazadora. En 1919 se retiró la verja. En 1919 Clímaco nos dejó.

BolívarEntre 1927 y 1929 se introducen nuevas reformas: se instalan cuatro pilas con fuentes de agua y un pedestal más alto. Aunque realmente el gran lavado de cara ocurrió entre 1960 y 1961, cuando la plaza se convirtió en un espacio prácticamente peatonal. Adiós al jardín y a los coloridos y variopintos ruedíperos. Se situó a la estatua en la posición que hoy mantiene, mirando hacia el norte,  a la fachada del Palacio de Justicia. Con el cambio, la figura de Bolívar ha obtenido nuevas vistas y amistades: un ejército de palomas que no le abandona durante las horas diurnas a la espera de las migajas que desprenden los miles de transeúntes que cruzan casi sin percatarse de que él sigue ahí.


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