Capítulo 8

Olvidado del café, que estaba ya frío, oía complacido Velarde la conversación de su amigo, locuaz por excepción en esos momentos.

—La quema de los versos —continuó Alejandro— abrió entre nosotros un pequeño canal que me permitió conocer un poco a mi hermano, siquiera en el campo artístico. Tuve que hacerme literato, yo que sé tanto de letras como un fraile de cotillón o algunas monjas de obstetricia. De niño conocía las letras de mano, de grande me aterran las de cambio. Lograba, sin embargo, buenos efectos en la crítica, soltando nombres rusos o polacos cogidos generalmente de los cables, como hace Pelusa. Otras veces me hacía el sueco.

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