Capítulo 10

Estaba decidido. Diana quería dinero y había que llevárselo de cualquier modo. […] Al mediodía, cuando se presentó en casa de Diana, estaba mucho más ebrio.

—¿Qué hay? —le dijo esta—. ¿Trajiste la plata?

—Sí, aquí está.

Diana se abalanzó como una hiena hambrienta. Fernando sacó ocho pesos en níquel y billetes sucios.

—Puedes quedarte con eso. No estoy pidiendo limosna.

¿Qué hubo de la letra?

—¿Cuál letra?

—¡Cuál letra! —dijo Diana, remedando aquella voz torpe—.

¿Cuál letra…? ¡So borracho!

Este empezó a contar de un modo incoherente y tardío lo que acontecía. Nadie había querido comprar eso, aunque lo daba por cualquier cosa; todos lo miraban con sorpresa cuando ofrecía el giro. Qué tal si se va con semejante muérgano…, se muere de hambre. Le provocaba tirárselo a su hermano a la cara… ¡Puerco!… ¡Darle esas cosas!

—¿Y qué la hiciste? Seguro que ya se perdió el andrajo ese…

—Entre el sobretodo debe estar —dijo Fernando, dejándose caer en un canapé.

[…]

—¡Bonito amor! —dijo Diana—. Con semejante espantajo, con un muerto de hambre…

—Pues, entonces, nada de lástimas. ¡Hay que echarlo!

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