La otra gran protagonista – La Guerra de los Mil Días

Desde su misma constitución como Estado, tras la independencia de España y durante todo el siglo XIX, Colombia fue escenario de numerosas guerras y conflictos entre los partidarios de las dos principales corrientes políticas del país: santanderistas y bolivarianos, que más tarde se convertirían en los bandos liberal y conservador, respectivamente. A finales del siglo XIX las tensiones entre ambos llegaron a un punto crítico y, tras una guerra civil previa en 1895, estalló la llamada Guerra de los Mil Días, que tuvo lugar entre 1899 y 1902. Pero aunque los enfrentamientos entre conservadores y liberales se dieron por finalizados, los ecos de esta contienda perduraron, y acabarían desencadenando el episodio llamado La Violencia, una serie de conflictos sociales y políticos que marcarán irremediablemente la sociedad colombiana durante todo el siglo XX.

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Liberales ante de la batalla de Palonegro (mayo de 1900)

En Diana cazadora este conflicto es un protagonista más. Sin embargo, se trata de un protagonista tímido, que pasa desapercibido en una lectura superficial pero que determina no solo el comportamiento de nuestros personajes, sino el de toda la sociedad bogotana.

Cuando Alejandro regresa a su hogar, se encuentra con una ciudad que, a pesar de vivir en estado de guerra, solo es consciente de ello de manera parcial, soslayada. Carolina Sanín, en el estupendo prólogo de la edición de Libros de la Ballena, ha captado perfectamente lo que supone la guerra para los habitantes de Bogotá:

La guerra era para los bogotanos una amenaza compuesta de contradicciones. No solo era cuanto no tenía lugar en la ciudad, sino que también era aquello que la misma vida urbana, experimentada como el tráfico del rumor, hacía invisible. En tanto que en ella se decidía el porvenir de la república, la guerra ausente y desconocida era, no obstante, el otro presente de la ciudad, quizás el verdadero. En ese desdoblamiento del tiempo se inscribe Diana cazadora.

Finalmente, el gobierno conservador se impuso de nuevo y aquellos intelectuales que, como Clímaco Soto Borda, defendían la causa liberal, no pudieron sino expresar su dolor a través de sus obras, arriesgando con ello su propia libertad.

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