Mi amiga Sara Bernhardt

Mis estimados lectores:

Seguro que a estas alturas ya han oído hablar de Diana, sí, esa cualquiera que recorre Bogotá a la caza de hombres indefensos. Pues justo ayer su mal nombre volvió a mí cuando la oí mentar en una licorería junto a la catedral. Dos mozos que la tenían en gracia se compadecían de lo desdichada que fue en su pasado, al punto que no tuvo más remedio que echarse a la mala vida. La indignación me subió hasta las mejillas, pues, cuando estuve en París, tuve la ocasión de reunirme con mi buena amiga Sara Bernhardt, o «la Bernal» , como la llama Pelusa. Ella también creció en los ambientes más turbios de París. A diferencia de Diana, que se descarrió por sus malos haceres, Sara no tuvo elección. La crió su madre, una vulgar cortesana. Se resistió al destino, que se le había impuesto todo lo que pudo, hasta que la subyugante situación económica  la obligó a caer en el mundo del que su madre siempre quiso que formara parte. Sin embargo, ella mantuvo su dignidad, eligió otro camino en cuanto pudo y luchó por él. Explotó su talento como actriz, el mismo que Diana posee para embaucar a los hombres, pero lo usó para ganarse la vida de forma honrada: ahora es famosa y ha viajado por todo el mundo, embaucando a los hombres, sí, pero con su talento y su decencia. Al igual que Diana, se codea con la élite cultural, con Víctor Hugo u Oscar Wilde, pero a diferencia de ella, que usa a cuanto individuo se le cruza, Sara les brinda su amistad más altruista. En los periodos de guerra, Sara acudió al frente a recorrer las trincheras heroicamente para animar a las tropas; (mientras que) Diana se quedó en su ciudad haciendo fortuna de las desgracias… o desgraciando las fortunas. Para colmo, ambas son madres de un niño huérfano de padre, al que una ama y otra desdeña. ¿Cómo no compararlas? ¿Cómo creer que Diana no tuvo elección?

Alejandro Acosta

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Yo también acuso

Hoy quiero honrar a un buen amigo que dejó este mundo en oscuras circunstancias por acusar y hacer públicos los más oscuros crímenes de los hombres más deshonestos y ruines: Émile Zola. Es innegable que en todas las grandes naciones existe la corrupción. Me parece digno, pues, que nosotros, que vivimos nuestra propia guerra social y política, honremos a aquellos que dan su vida y su honor por defender la libertad.

Es por ello que en su memoria, yo también acuso, acuso como él hizo a todo el Ministerio de Guerra francés que dejó que un hombre inocente, Alfred Dreyfus, cumpliera condena durante años. Se le acusó de un espionaje que no cometió. Se necesitaba un cabeza de turco. Y cuando realmente apareció el espía, Walsin Esterházy, la alta cúpula del Estado Mayor mintió y falsificó pruebas para no tener que reconocer su error. La sociedad francesa aún sufre la consternación de tanta infamia. Solo Émile Zola tuvo valor para acusar a todos aquellos que mancharon el nombre de Francia, y por ello fue perseguido.

La corrupción y la censura son los más innobles pecados, y nosotros bien lo sabemos pues sufrimos los envites de la ignorancia más conservadora que pretende hundirnos en la oscuridad. Mi propia novela, Diana cazadora, también fue víctima de esto, mi temor a la censura impidió que publicase antes mi obra. Por todo ello, ¡yo también acuso a todos aquellos esbirros de la retrocracia, a todos aquellos que buscan cortar la lengua y las alas de la libertad!

Clímaco Soto Borda