Capítulo 11

Los relojes de la Catedral dieron las once en una carcajada larga. Del atrio del Capitolio se elevó un cohete que soltó en la altura un alarido seco y se deshizo en llanto de fuego… Después otro, y otro, y mil más. En las sombras, incendiadas como en una aurora boreal, abejeaban enjambres de chispas y las inundaciones de sonidos sacudían el espacio.

Las músicas vibrantes, los gritos de una multitud alquilada y las voces estridentes de los cohetes formaban ondas sonoras que, impregnadas de olores de pólvora, bajaban de la plaza y en tropel salvaje se metían al aposento, lleno de quietud y de tristezas.

El Gobierno celebraba un triunfo de sus armas. Era una fiesta de la burocracia en honor de las victorias de la muerte y su estruendo perturbaba a la misma muerte en su taller fúnebre, en el momento de poner a un cadáver los últimos toques de sombra.

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Capítulo 10

Estaba decidido. Diana quería dinero y había que llevárselo de cualquier modo. […] Al mediodía, cuando se presentó en casa de Diana, estaba mucho más ebrio.

—¿Qué hay? —le dijo esta—. ¿Trajiste la plata?

—Sí, aquí está.

Diana se abalanzó como una hiena hambrienta. Fernando sacó ocho pesos en níquel y billetes sucios.

—Puedes quedarte con eso. No estoy pidiendo limosna.

¿Qué hubo de la letra?

—¿Cuál letra?

—¡Cuál letra! —dijo Diana, remedando aquella voz torpe—.

¿Cuál letra…? ¡So borracho!

Este empezó a contar de un modo incoherente y tardío lo que acontecía. Nadie había querido comprar eso, aunque lo daba por cualquier cosa; todos lo miraban con sorpresa cuando ofrecía el giro. Qué tal si se va con semejante muérgano…, se muere de hambre. Le provocaba tirárselo a su hermano a la cara… ¡Puerco!… ¡Darle esas cosas!

—¿Y qué la hiciste? Seguro que ya se perdió el andrajo ese…

—Entre el sobretodo debe estar —dijo Fernando, dejándose caer en un canapé.

[…]

—¡Bonito amor! —dijo Diana—. Con semejante espantajo, con un muerto de hambre…

—Pues, entonces, nada de lástimas. ¡Hay que echarlo!

Diana, la devoradora de hombres

«Soñaba con Fernando, lo deseaba, lo quería tener cerca para humillarlo, para verlo de rodillas, aunque tuviera que botarlo enseguida».

Desde siempre la imagen de la mujer se ha visto como enigmática y cautivadora; posee un aire de misterio que atrapa. Existen diversos tipos de mujeres, las hay con apariencia angelical, asociadas con femme fatale 1una cabellera rubia que recuerda a los ángeles, con cabellos rojos, pasionales y evocadores de lo demoníaco y aquellas con cabellera oscura y espesa que hacen pensar en la imagen preconcebida que se tiene de la femme fatale: larga cabellera, piel pálida que resalta el rojo de sus labios, la voluptuosidad de sus pechos y sus ojos enigmáticos; características comunes en la gran mayoría de estas mujeres «perversas» que utilizan su cuerpo como armas para atraer a los hombres como las sirenas que hipnotizaban a los marineros para luego matarlos. La imagen de femme fatale ha estado representada por una mujer atractiva y seductora, que transpira una sexualidad agresiva y que representa una figura destructiva pero al mismo tiempo fascinante que embelesa a los hombres. Diana pertenece a esa categoría. Una mujer que posee cierta belleza misteriosa que atrae y seduce por la maldad que desprende y que trae la desgracia a los hombres. Es una mujer que destruye el estereotipo de la mujer como víctima, que mediante sus acciones toma el control de la situación y ataca utilizando su femme fatale 4arma más poderosa, su cuerpo, para sobrevivir e intentar sobresalir en un mundo de mentiras, perversiones y excesos. Diana ve en las curvas de su figura la manera de ver un futuro próspero y lleno de lujos. Ella sabe que la belleza no es eterna y que debe aprovechar cada instante para lograr sus objetivos a expensas del sexo débil, el hombre. Diana es la creadora, protagonista y causante de la desgracia en la novela. Mujer irresistible, inteligente, cruel, ambiciosa, caprichosa, con un aire de poder y ambición que conduce a los hombres al desastre y los sumerge en una agonía con la que ella disfruta y se satisface. Diana, mangeuse d´hommes.

«(…) ahora no se le antojaba soportar que se lo arrebataran sin arrancarle la última de sus ilusiones, sin ser la causa de su postrer dolor y la dueña de su último real».

2015 es el año de Clímaco Soto Borda

2015 es el año de Clímaco Soto Borda: se cumple el centenario de la primera publicación de Diana cazadora en Colombia y se realiza su primera edición en España (Libros de la Ballena). Pero la celebración no debe concentrarse solamente en el rescate de una obra tan representativa de la literatura latinoamericana, sino en el mensaje que el autor postuló en estas páginas. Soto Borda fue reconocido por su incansable crítica hacia una sociedad hipócrita, ciega hacia el bien común y codiciosa de sus propios intereses.

La primera lectura nos hace sonreír: se trata de joyas, estruendosas bacanales, teatro, recorridos por la capital, la incansable búsqueda de la falsa nobleza, ridículas escenas e ilógicas reflexiones de personajes sórdidos, decadentes y perdidos. Pero cuando nos adentramos en ella, descubrimos que la novela es una reflexión sobre el papel de cada uno en su sociedad.

En esta historia, Diana será la batuta de la destrucción de un inocente amor, pero son todos los que la rodean los que pudieron y no salvaron a Fernando Acosta. Doña Celestina, los políticos, la policía, el usurero, los viajeros del tranvía, los asistentes a las fiestas… todos tienen por lo menos una oportunidad de levantar al tísico enamorado, pero no, es más grande el ímpetu de poseer a la presa (el dinero, el estatus social, la impunidad…). Así, Clímaco plantea en la historia de la fallida adoración de Fernando que lo único que pudre a la sociedad son sus propios habitantes, y que aquellos que no defienden el bien, propician su declive:

La misma Diana… ¿Qué podría hacerse con ella? ¡Nada! Para adentro puede ser una infame, pero para el mundo resulta un cazador como otro cualquiera.

Las páginas de Diana cazadora son atemporales: una sociedad corrupta y desinteresada por su prójimo no es otra cosa que una voraz cazadora. Al final, ¿somos todos iguales, somos como Diana, como el político que con poder cumple todos sus caprichos o como el vecino que va al entierro para hacerse notar y no para dar el pésame, somos como Pelusa o como Velarde, leales amigos hasta el final, o como el imparable Alejandro Acosta que entrega todo por su hermano? Definitivamente, cuando uno lee esta novela, toma partido.

Capítulo 9

La vacilación acometió sobre Fernando. Estaba en la situación más difícil de su vida: tenía que optar entre Diana y Alejandro. Veía a este, todo cariño, ofreciéndole su fortuna y a Diana comiéndosela. Desechaba esa idea. Veía a Diana, toda pasión, y a Alejandro separándolos cruelmente.

Capítulo 8

Olvidado del café, que estaba ya frío, oía complacido Velarde la conversación de su amigo, locuaz por excepción en esos momentos.

—La quema de los versos —continuó Alejandro— abrió entre nosotros un pequeño canal que me permitió conocer un poco a mi hermano, siquiera en el campo artístico. Tuve que hacerme literato, yo que sé tanto de letras como un fraile de cotillón o algunas monjas de obstetricia. De niño conocía las letras de mano, de grande me aterran las de cambio. Lograba, sin embargo, buenos efectos en la crítica, soltando nombres rusos o polacos cogidos generalmente de los cables, como hace Pelusa. Otras veces me hacía el sueco.

Capítulo 7

A los animales y a los tontos, que da lo mismo, les toca expiar los crímenes de los hombres, quienes se han apropiado todo el derecho para dejar a los otros al revés. ¡Qué infamia! Como si no fueran también sensibles al placer y al dolor, como si no se dieran de vez en cuando el lujo de pensar.

¿Adónde miras Bolívar?

«El Libertador, estático, meditabundo, viviendo su vida de bronce, entregado a recuerdos gloriosos, arruga la frente y abre los ojos en lo oscuro».

Más de siglo y medio después permanece la estatua de Bolívar en el lugar donde le depositaron. La mirada reflexiva y su piel de bronce no han mudado a pesar de haber asistido, en inquietante silencio, a un sinfín de apasionados encuentros.

Retrocedamos al 20 de julio de 1846. Ese día el Libertador hizo solemne entrada en la plaza y tomo posesión de la misma. A partir de entonces el lugar tomo su nombre: Plaza de Bolívar.

La estatua fue donada por José Ignacio París, empresario, masón, prócer de la independencia y amigo íntimo de Bolívar, quien encargó su diseño y fundición al escultor Pietro Tenerani en 1844. Fue la primera escultura que se hizo de Simón Bolívar. Mucho ha trascurrido desde entonces.

En 1880 se decidió girar la estatua y cambiarle el pedestal. Hasta entonces el general debía de contentarse con pasar revista a los fieles que iban a misa a la Catedral o a la capilla. Fue un giro de oeste a sur. Ahora tenía de frente al Capitolio Nacional. Quizás con la intención de que no se le agriase el carácter con el cambio, se decidió, un año más tarde, instalar un jardín a su alrededor. Al mismo tiempo, temerosos de que saliese huyendo ante los atropellos que se cometían dentro del congreso, decidieron rodearlo con una reja de hierro.

Plaza de Bolívar

De esta guisa se lo encuentran los lectores de Diana cazadora. En 1919 se retiró la verja. En 1919 Clímaco nos dejó.

BolívarEntre 1927 y 1929 se introducen nuevas reformas: se instalan cuatro pilas con fuentes de agua y un pedestal más alto. Aunque realmente el gran lavado de cara ocurrió entre 1960 y 1961, cuando la plaza se convirtió en un espacio prácticamente peatonal. Adiós al jardín y a los coloridos y variopintos ruedíperos. Se situó a la estatua en la posición que hoy mantiene, mirando hacia el norte,  a la fachada del Palacio de Justicia. Con el cambio, la figura de Bolívar ha obtenido nuevas vistas y amistades: un ejército de palomas que no le abandona durante las horas diurnas a la espera de las migajas que desprenden los miles de transeúntes que cruzan casi sin percatarse de que él sigue ahí.


Capítulo 5

Subía la luz y se calmaba un poco; cerraba los ojos y el desfile comenzaba otra vez. Jaurías de usureros lo despedazaban, llevándose en las garras sus últimas riquezas: el oro de sus cabellos y los zafiros de sus ojos.

Ellos acumulan sobre sus cabezas todos los horrores de la desgracia humana; ellos purgan las iniquidades de sus hermanos; ellos no conocen la esperanza; y sin recibir de Dios ni el beneficio de la muerte, los unos la aguardan resignados y los otros la buscan, la persiguen y la obligan, por fin, a que los devuelva a la tierra, a la tierra misericordiosa y bienhechora que amasará sus cuerpos con los cuerpos de los ricos y de los grandes.