Siempre nos quedará Bogotá

Un carruaje se detiene frente a la estación de ferrocarril en una noche de neblina. De su interior asoma una figura elegante de mirada cansada que parece buscar a hurtadillas un rostro amigo. Se gira, te mira y, tras saludarte con un leve movimiento de cabeza, da  orden de partir al cochero. Bogotá comienza a despertar.

Es probable que se hubiera aterrado, creyéndose loco, si se encuentra con el Arco del Triunfo en la Pila Chiquita; en la calle o muladar Los Cachos, el Boulevard de Strasbourg; la explanada de los Inválidos en el Llano de la Mosca; la columna Vendôme en vez del mutilado Padre Quevedo, y la Tour Eiffel en el Puente de los Micos…

Alejandro regresa de un viaje de dos años por Europa. París, Roma o Londres son algunas de las ciudades que ha visitado, disfrutado y sufrido. El narrador de Diana cazadora alude en diversos puntos de la narración a este periplo con la intención de resaltar el contraste entre las urbes cosmopolitas y Bogotá. Con la agudeza que le caracteriza, Clímaco se ríe de los pretendidos aires de grandeza de sus vecinos y compatriotas. Nos presenta una ciudad donde las infraestructuras son deficitarias, el gobierno es corrupto y la pobreza campa despreocupada de la mano de enfermedades infecciosas. La policía secreta, la ausencia de alumbrado público eficiente, la censura o la ubicua presencia del clero son elementos que integran el bloque de «nuestros progresos».

Bogotá- paris

Pero no nos llevemos a engaño. Clímaco es un enamorado de su país, de Bogotá, de su gente y de su idioma. Es consciente que su nación es más imperfecta de lo deseado, pero es su hogar. En más de una ocasión nos encontramos el relato del bienio europeo de Alejandro salpicado de comentarios negativos: cierto que en Paris hay una vida cultural más intensa y refinada, pero sus calles también están llenas de mendigos que no tienen donde refugiarse; sin duda la fama de la belleza de las mujeres de la alta sociedad parisina es justificada, pero alcanzar y retener a una de esas deidades es proporcional al coste de sus caprichos. Bogotá está tomada por políticos sin escrúpulos, cierto ¿Acaso Europa está libre de ellos? Dreyfus. Nada más que añadir, señoría.

No deja de ser significativo que, en la gloriosa Europa, Alejandro enferme; que solo hable con Velarde de su viaje para maldecir al mosquito del Magdalena (la principal arteria fluvial de Colombia y punto de partida, o retorno, al viejo continente), o que se alegre de que le hablen en bogotano. El francés lo impregna todo, pero hay ciertos límites que no está dispuesto a cruzar:

no llamaba los chicharrones cuir de porc rassuré, ni la chicha liqueur jaune, ni la mazamorra puré gris, ni el tiple petit contrebasse, ni el torbellino la danse du ventre.

Clímaco se pregunta por qué debe ser igual Bogotá a París. La respuesta está encerrada en otro conciso y revelador «¿por qué?». Un poco más adelante proclamará su veredicto:

Esa no sería Bogotá, su Bogotá más querida mientras más pobre y triste fuera, como se quiere a la madre aunque sea una vieja sin dientes, llena de canas y sin una peseta.

Lo dicho, siempre nos quedará Bogotá.

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El español de Colombia

¿En qué pensáis cuando oís o leéis «Colombia»? ¿En el Caribe? ¿En la cumbia? ¿En café? Cierto es que todas estas son maravillas de esta nación, pero Colombia posee otro tesoro en el que pocas personas reparan, su lengua, y eso que su variedad lingüística es tan grande y rica como el propio país.

En Diana cazadora Clímaco Soto Borda, como buen colombiano, nos muestra tres formas de hablar propias de su tierra natal: la bogotana, la paisa y la tolimense. Los hermanos Acosta y su amigo Velarde son perfectos hablantes de la primera variedad, cuya pronunciación es muy similar a la del español de Castilla y que se caracteriza, además, por ser de las pocas lenguas latinoamericanas en las que los hablantes cultos emplean el pronombre «tú» en lugar de «usted» para dirigirse a sus interlocutores.

Pelusa es el hablante de paisa por excelencia. Esta variedad pertenece al departamento de Antioquia y se parece al español de la zona norte de España. Este acento, junto con el voseo de tipo rioplatense (es decir, el que conjuga la segunda persona del singular como «vos querés» o, como dice este personaje, «¡No freguez!»), hace de esta una variedad muy peculiar dentro de las que se hablan no solo en Colombia, sino también en toda Latinoamérica.

Por último, Diana es la representante de la variedad tolimense, que surgió a raíz del contacto que se dio en el siglo XVI entre los conquistadores españoles y los pueblos amerindios pijaos. A diferencia del anterior no utiliza el voseo y posee gran cantidad de palabras indígenas y arcaísmos españoles, motivo por el cual las clases altas reniegan de esta variedad, muy mal vista en muchas regiones del país.

Ya lo dice el refrán, «En la variedad está el gusto», y no será por variedades en Colombia…, un país donde el café no es lo único exquisito.

https://www.youtube.com/watch?v=ozcx2-YRGgI

La ciudad como protagonista en Diana cazadora

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Las calles de Bogotá forman parte del protagonismo que marca la historia de Diana cazadora y que sirven de complemento al triángulo de afectos entre Diana (dinero), Alejandro (amor) y Fernando (hermandad). Son el escenario en donde transcurren experiencias diversas y cotidianas y al mismo tiempo sutiles y con un aire de elegancia, que imprimen un matiz literario a aspectos del día a día con los que el autor nos muestra una ciudad aislada, que no asume el escenario de la Guerra de los Mil Días. Una narración de hechos sin mucha importancia pero que presenta un cierto aire bohemio y grandilocuente.

Son aspectos comunes que el autor nos enseña de una manera elegante y un tanto lírica: el idilio frustrado de dos gatos sobre un tejado, la interacción de las estatuas con el entorno, el accidente de un tranvía que momentáneamente paraliza una ciudad… situaciones que complementan la historia principal y aportan vitalidad a los escenarios.

La ciudad nos invita a un alejamiento de los sucesos principales y nos ayuda a contrastar con las historias centrales creando historias paralelas que dan vida a Bogotá, ciudad que servirá de telón para mostrar dos sucesos contrapuestos: la decadencia de Fernando y la algarabía de vivas a la guerra, que imprime un fuerte contraste entre las historias personales y el entorno.

Las músicas vibrantes, los gritos de una multitud alquilada y las voces estridentes de los cohetes, formaban ondas sonoras que, impregnadas de olores de pólvora, bajaban de la plaza, y en tropel salvaje se metían al aposento, lleno de quietud y de tristezas.

El gobierno celebraba un triunfo de sus armas. Era una fiesta de la burocracia en honor de las victorias de la muerte y su estruendo perturbaba a la misma muerte en su taller fúnebre, en el momento de poner a un cadáver los últimos toques de sombra.

La calle servirá de enlace entre las historias principales y los relatos diarios del bogotano pero al mismo tiempo será el compañero de Fernando en todas sus desventuras; una ciudad que al principio se muestra tímida al compás de unas campanadas pero que al final se hará sentir con los gritos y vivas del triunfo de una guerra. El escenario callejero nos enseña la caída en desgracia del protagonista y la celebración de una ciudad por la culminación de la guerra.

Algo sobre Clímaco

Clímaco Soto Borda nació en Bogotá en 1919. Hijo único y póstumo, creció bajo los cuidados de su madre. De formación autodidacta, llevó un estilo de vida bohemio. Escribía habitualmente en periódicos como El Espectador o El Sol, y fundó otros como Rayo X o La Barra. Solía firmar sus artículos con el seudónimo Casimiro de la Barra, mientras que en sus epigramas firmaba como Cástor. Junto con Pólux, su amigo Jorge Pombo, publicó Chispazos (1898). Como escritor, fue muy alabado por su ingenio y su humor ácido. Muestra de ello es Siluetas parlamentarias (1897), una colección de chistes y sátiras sobre los políticos bogotanos del momento. Formó parte del grupo literario La Gruta Simbólica, un conjunto de poetas de espíritu liberal, bohemio y romántico. Además de su novela Diana cazadora, destaca su colección de cuentos y artículos Polvo y ceniza (1906) y su libro de poemas Salpique de versos (1912). Murió en 1919, de forma muy similar a uno de los personajes de su novela…